Cuando las mujeres ganan más, la pareja se tambalea

El 70% de las mujeres empresarias consultadas están separadas | Las féminas avanzan en lo profesional, pero en la pareja persisten los roles más desigualitarios |Faltan muchos años de educación, de madurez de los hombres

A Paul le sentó fatal que su pareja, Hellen, quisiera regalarle un cochazo, concretamente un Lexus. Paul y Hellen viven en Toronto, son treintañeros, llevan un año casados; ella trabaja en el sector de los seguros y percibe un buen sueldo, al menos el doble que el de él como contable. Y nadie sospechaba que eso supusiera ningún problema en la pareja hasta que hace unos días, en una cena, Paul confesó a sus amigos que se sentía frustrado, que su virilidad y su orgullo estaban heridos, por el hecho de que Hellen ganara más dinero que él.

“Todavía se identifica hombría con el poder, y la máxima expresión del poder es el dinero”, justifica Capitolina Díaz, doctora en Sociología por la Universidad de Londres, profesora en la de Oviedo y directora de la Unidad de Mujeres y Ciencia del Ministerio de Educación.

Díaz ha participado en varios estudios sobre el papel del dinero en las relaciones de pareja y su conclusión es clara: mientras el papel de la mujer avanza en el terreno profesional y económico (no sin dificultades: el 80% cree que las mujeres sufren discriminación laboral por ser madres, según una encuesta de Randstad), para una gran mayoría de mujeres su rol en la pareja sigue funcionando según los parámetros “más anticuados”. Es el hombre quien ejerce el poder y está legitimado socialmente para ello, independientemente de la aportación femenina al conjunto de los ingresos familiares. “El hombre sigue siendo el pagador social, el que saca la cartera y paga la cuenta en el restaurante”, manifiesta Díaz. “Quizás ya no está mal visto que la mujer pague la cuenta, pero el hombre mantiene mucha centralidad sobre el dinero”, añade Carmen Alborch, ex ministra y diputada. “Históricamente, la relación de las mujeres con el dinero ha sido extraña: ni cuando heredábamos era nuestro, casi pasaba del padre al marido”, añade Alborch.

Todas las mujeres con mayor visibilidad profesional y económica que sus maridos que han sido consultadas para hacer esta información han pedido mantener el anonimato por respeto a sus maridos, “para que él no aparezca como un títere a mi sombra”, cuentan. Aunque él sea ingeniero aeroespacial. Es decir, socialmente no vale decir que “detrás de una gran mujer, hay un gran hombre”, porque nadie se lo creería. Socialmente es más fácil hacer burla del hombre si no parece más poderoso que ella.

“Cuando la mujer tiene más ingresos que el hombre, normalmente disimulan los dos, incluso hacen esfuerzos para esconderlo”, explica Díaz. En una de sus investigaciones, entrevistó a una ingeniera que dejó su trabajo para montar su propia empresa. “Lo que tardó en reconocer es que su motivación era que su marido, economista en paro, podría tener un empleo”.

En el colectivo de mujeres empresarias y emprendedoras, es habitual que se produzcan situaciones como esta. En una cena reciente: ocho mujeres, de entre 35 y 50 años, alrededor de una mesa. Una dice: “Mi marido…”, y provoca la reacción inmediata: “¿Cómo, aún tienes marido?”. Todas las demás están, cuando menos, separadas. “El éxito profesional de la mujer todavía desestabiliza de tal manera a la pareja que en muchas ocasiones la consecuencia directa es el divorcio”, explica Anna Mercadé, directora del Observatori Dona, Empresa i Economia de la Cambra de Comerç de Barcelona. Recuerda un estudio realizado hace unos años por Esade entre mujeres empresarias, en el que el 70% de ellas estaban separadas. “Ha crecido mucho el número de mujeres creadoras de empresa o autónomas, pero perviven las dificultades de pareja cuando ella es la triunfadora”, dice Mercadé.

“Las mujeres sumisas y dependientes económicamente no se separan. Pero algunos hombres no pueden aguantar la posición de independencia de ellas”, añade Díaz. “La mayoría de los hombres no ha madurado para tener una relación igualitaria”.

Muy pocas veces las mujeres reconocen públicamente los problemas de pareja que les ha causado su ambición profesional. Y tampoco existen datos sobre las relaciones económicas y de poder que se establecen dentro de la pareja. Por eso la socióloga Díaz explica que están intentando modificar la metodología de la Encuesta de Presupuestos Familiares del Instituto Nacional de Estadística. “Queremos darle un valor cualitativo: para ver cómo son de desigualitarias económicamente las familias por dentro. Ahora se considera la unidad familiar como un presupuesto único, pero en la realidad los ingresos de una familia no son igualitarios ni favorecen a todos sus miembros por igual”.

Tampoco es fácil buscar correlaciones, porque en general en la sociedad la mayoría de los hombres gana más (alrededor del 25%) que las mujeres, y aunque el paro en esta crisis se ha cebado más en sectores tradicionalmente masculinos, aún hay más hombres empleados que mujeres… “Pero se están creando situaciones nuevas, la mayoría de las familias necesita dos ingresos”, indica Díaz.

Capitolina Díaz hace un diagnóstico de la evolución de la mujer en la sociedad y en la pareja en el siglo XX. “La mujer ha sido activa en los cambios de su papel en la sociedad. Y ahora quiere cambiar su rol dentro de la pareja, una relación diferente, de cooperación creativa. Pero ellos se resisten, la mayoría no abandona por iniciativa propia los privilegios. Y si quiere cambiar al hombre con el que vive, tiene que estar recordándoselo todo el rato, le toca ser regañona. Si no, o bien asume el rol antiguo o se queda sola”. O peor, también existe el peligro de que asuma el rol tradicionalmente masculino y se vuelva prepotente con su marido.

Alborch apunta que “en el ámbito privado, de la pareja, es donde el rol de la mujer es más desigualitario, porque es donde tenemos más interiorizada la cultura milenaria de la mujer buena y pasiva, lo que llevado a extremos se convierte en la idea de posesión implícita en la violencia de género”. Díaz lo corrobora: “La violencia doméstica es el caso más evidente de cuestionamiento del poder masculino”.

Años atrás, muchas mujeres con ambición profesional se veían abocadas a sacrificar por ello la creación de una familia. Alborch explicaba en su libro Solas (1999) el paso de ese miedo a quedarse solteronas, a superar el estigma de culpabilidad creado por una educación en el servilismo hacia los hombres. Han pasado años, y Alborch cree que “algo sí hemos avanzado en la educación sentimental”. Pero hace apenas unas semanas, el International Herald Tribune aún se preguntaba: ¿están condenadas a la soltería las mujeres ambiciosas?

“Esto no se arregla en dos generaciones”, asegura Díaz. “Faltan muchos años de educación, de madurez de los hombres para llegar a la pareja igualitaria. Cuando el marido le regala un brillante ella está encantada, ¡eso no tiene nada que ver con el feminismo! Pero si ella le regala un coche, a él todavía le baja la autoestima. Es un tema de madurez de género”.

Esposa y jefa al mismo tiempo

“Miguel no quiere hablar. Ni siquiera con nombre falso. Es un asunto más delicado de lo que yo misma pensaba”. Pilar y Miguel llevan casados unos veinte años, tienen dos hijas y algunas aficiones en común, y él es socio y ejerce de técnico en una de las empresas que ella ha fundado y dirige. Pilar, que tiene una carrera empresarial de éxito, explica: “Mi marido se siente muy orgulloso de mí. Y sé que no es lo normal, porque cuando nos reunimos con otras mujeres empresarias, casi siempre todas están divorciadas. Los hombres suelen llevar muy mal que ellas tengan éxito”. Sin embargo, la presión social no les es ajena, porque “la mayoría de los clientes no saben que somos pareja”. Al contrario de este caso, es más habitual que los hombres directivos digan de sus mujeres: “Si he podido hacer carrera profesional es gracias a ella, que renunció a la suya para estar a mi lado y llevar adelante a la familia”.

“¡Lo llevamos muy bien! Pero a él le tocaría la fibra que se planteara públicamente que yo tengo más visibilidad”, cuenta una profesional de éxito que es socia y jefa de su marido. De entrada, no lo explican a los clientes: “Pensarían que estoy aquí por ella”, dice Mark. “Tendría que demostrar el doble; cuando se enteran, ya saben lo bueno que es”, añade Teresa. Mark reconoce que bromea con sus amigos: “Tengo la suerte de tener sólo un jefe, vosotros tenéis dos”. “La desgracia de él ha sido encontrarme a mí”, bromea Teresa: “Él llevaba un buen carrerón, pero al final la empresa la he montado yo, y eso llama más la atención”. “Yo no soy emprendedor, nos complementamos”, dice Mark, quien reconoce que al principio le dio un poco de reparo trabajar en la empresa de ella: “Temía que me costara separar trabajo y familia, pero aprendimos”. Y añade: “La clave es manejar el tema económico con naturalidad, todo es de los dos. Si ella sólo me pagara un sueldo por mi trabajo, creo que sería diferente”. “¡Pero al revés seguro que no!”, protesta bromeando Teresa.

 

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