Mi cielo. Tu infierno.

En vez de contestar el comentario de la contertulia Martha de la manera convencional, lo haré con este post.

Somos las personas las que hacemos nuestro mundo. Nosotros hacemos los caminos y los recorremos, generalmente tomamos el más transitado y que ya está trazado. No nos gusta hacer nuestros propios caminos por que son solitarios.

Por ello tenemos que caminar con miles de personas que están ensimismados en sus problemas y no le importan los de los demás, por más grandes que estos sean.

Son rápidos en juzgar al prójimo pero muy lentos en ver si su juicio era el acertado y no sólo le hicieron casos a juicios ajenos. Nos encanta escuchar cosas negativas de los demás por que eso nos hace sentir mejor ya que nos dice que no vale la pena esforzarse por ellos, son todos iguales e indignos de nuestra ayuda, cariño o empatía.

Por ello gastamos mucha energía en enterarnos de chismes, rumores o hechos negativos de los otros. Eso nos hace sentir que el egocentrismo es correcto. Así las revistas y programas ganan más sacando lo bueno que lo malo. Y las mesas de los cafés se llenan para esparcir el último rumor sobre alguien, entre más encumbrado mejor.

¡Que agradable para oídos mediocres sería escuchar que uno de los padres de algún angelito de ABC ha recibido dinero o ha lucrado de alguna manera! Esto los hará sentir que han hecho bien en no ayudar o no comprometerse con la causa. Que su desinterés está bien fundado.

Algunas personas me alabaron cuando el blog de ángeles en espera y este mismo ayudaron en su medida a despertar alguna conciencia después del trágico 5 de Junio. Sabía que la mayoría de ellos terminaría maldiciéndome y buscando los miles de defectos que pudiera tener y que seguramente tengo. A alguno de ellos se los dije cuando me lisonjeaban, “espera, ya pronto me odiaras”. Y eso se ha cumplido, no por que sea adivino, sino por que se que eso pasa entre nosotros, los llamados humanos. Solo quedan los que tenían que quedar (uno o dos).

Entonces, que el dolor no haya levantado la indignación que se esperaba y, que más que un despertar social se tratara solo del bostezo de un gigante que volvió a dormir, tampoco me extraña. Lo comenté desde los primeros blogs, aunque si he de ser sincero guardaba la esperanza de que no fuera así.

Vivimos nuestro propio infierno, por que así lo hemos decidido.

Cuenta una antigua leyenda china que un discípulo preguntó al maestro:

– ¿Cuál es la diferencia entre el cielo y el infierno?

A lo que el maestro le respondió,

– Es muy pequeña y sin embargo tiene grandes consecuencias. Ven te mostraré el infierno.

Entraron a una habitación donde un grupo de personas estaban sentadas al rededor de un gran recipiente con arroz. Todos estaban hambrientos y desesperados; cada uno tenía una cuchara fijamente sujeta desde su extremo que llegaba hasta la olla. Pero cada cuchara tenía un mango tan largo que no podían llevársela a la boca. La desesperación y el sufrimiento eran increíbles.

– Ven – dijo el maestro al rato -. Ahora te mostraré el cielo.

Entraron a otra habitación, idéntica a la primera; estaba la olla de arroz. el grupo de gente, las mismas cucharas largas; pero ahí todos estaba felices y alimentados.

– No comprendo, -dijo el discípulo-. ¿Por qué están todos felices aquí, mientras son desgraciados en la otra habitación, si todo es lo mismo?

– ¿No te has dado cuenta? – sonrió el maestro -. Como las cucharas tienen los mangos largos y no pueden llevar la comida hasta su propia boca. Aquí han aprendido a alimentarse unos a los otros.

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